Por Chad Millman ESPN The Magazine
Phil Ivey es el mejor jugador del mundo. Esto es un hecho, indiscutido por cualquiera que pudiese ser el mejor si no fuera por la existencia de Ivey. Y los jugadores de póker -al menos los mejor- consideran que su éxito tiene que ver con su habilidad para vivir el momento.
¿Cuál es la movida que la situación demanda? Call. Check. Raise. Fold. La mejor jugada en el póker es la mejor jugada para uno mismo, y cada decisión revela una verda
d sobre el jugador que la realiza. "Esa es la razón por la que éste es el mejor juego de todos", dice Ivey.Considerando que los jugadores de póker viven el momento y teniendo en cuenta que, a los 32 años, Ivey es el mejor del mundo, el siguiente enunciado también tendría que ser cierto: Phil Ivey es el mejor viviendo el momento.
Y me decidí a probarlo.
The Mag me pidió que investigara la vida de Ivey de cara a la mesa final de la Serie Mundial de Póker, que comienza el 7 de noviembre.
Y se lo pasé.
9 de septiembre, 20:35, Grand Pequot Tower en el Foxwoods Casino, Connecticut.
"¿Quién quiere que su hijo sea un apostador?", dice la mamá de Ivey, Pamela. "Sólo pecados pueden surgir viviendo tu vida en un casino".
Como Ivey. A las 8:35, la limosina provista por Foxwoods llega al hotel. Tres maleteros, un mayordomo y Samuels están parados en la entrada con sonrisas en sus caras. Pronto sabremos que esto sucede a menudo cuando Ivey llega a un casino. Samuels saluda y dice, "Tenemos un lugar listo". "Vamos", dice Ivey.

El cuarto se aquieta. Ivey toma los dados y los lanza hacia arriba, en un arco iris. Luego caen a la mesa. El juego ha comenzado.
Pero así son las cosas en la vida real: silencio, como si el juego se llevara a cabo en una biblioteca. Los dados caen suavemente sobre el paño, el pagador anuncia el resultado y todos se mantienen muy quietos. "Esto es serio", había advertido Lorenzo antes. "Es dinero real".
Si, si lo es. Ivey lanza un seis y pone 50 mil dólares al seis. Tira un nueve y le pone otros 40 mil al nueve. Entonces lanza un siete y las fichas desaparecen. Lorenzo toma su turno. Lanza un nueve. Ivey pone 40 mil a ese número. Un cuatro: 30 mil al cuatro. Un seis: 50 mil al seis. Nueve. Ivey cobra. Cuatro. Ivey cobra. Siete. Las fichas desaparecen. Y así sigue la acción. Gana, gana, pierde.
La pila de Ivey crece lentamente, pero gane o pierda, su expresión permanece inmóvil, una versión más cálida de una animación suspendida en el tiempo. Lejos de las mesas, su tono habitual es el sarcasmo, seguido de una rápida sonrisa para hacerte saber que está bromeando. Le gusta bromear con sus amigos. Le gusta que le hagan bromas. Pero su cara a la hora de jugar no invita hacer ningún análisis. Sigue tu camino, dice. No hay nada que ver aquí. Una virtud provechosa para un jugador de póker.
A los dados, sin embargo, no es tan fácil hacerles trabajo psicológico. Luego de 25 minutos, Ivey tira otro siete y pierde. "Eso es todo", dice. "Vamos". Son las 9:05. Ivey ha ganado $185 mil dólares. Cuando se está retirando, el mayordomo finalmente regresa con el vino, un Chateau Latour de 1986. Precio: 2.100 dólares. Lo llevamos para el camino.
Ivey era tan competitivo que se ponía loco cuando sus amigos lo derrotaban jugando potes por centavos. Poco después de egresar de la preparatoria, les dijo a sus padres -mamá Pamela, quien trabajaba en una aseguradora y ahora vive en Vegas; y papá Phil Sr., un obrero que falleció en 2005- que quería ser jugador de póker profesional. Naturalmente, quedaron pálidos. "¿Quién quiere que su hijo sea un apostador?", dice su madre. "Sólo el pecado puede surgir de una vida dentro del casino".
Sus padres veían un gran potencial para perder donde él veía la oportunidad. Y por un tiempo, tuvieron razón. A los 19, Ivey se fue a vivir sólo y comenzó a trabajar como telemarketer. Cada fin de semana, con una identificación falsa de nombre "Jerome", tomaba un ómnibus que en dos horas lo dejaba en Atlantic City, donde gastaba todo su salario en las mesas de póker del Tropicana. Pasaba tanto tiempo en el Trop -18 horas por día- que los dialers comenzaron a llamarlo No Home Jerome (Jerome Sin Hogar). Cuando quebraba y se perdía el último bus a casa, dormía en la vereda. Ese era el ciclo que a sus padres les preocupaba, derrotado y perdido. Para ellos, el juego nunca iba a llevar a Ivey a donde está ahora: en un pequeño aeropuerto esperando que lo dejen volver a despegar.
El mánager del aeropuerto se acerca, llevando en sus manos una revista de póker con Ivey en la portada. "Supongo que no te conocen", dice. "¿Te molestaría firmar?", Ivey alegremente toma una birome y firma. Y dos horas después, cuando nuestro avión es finalmente liberado, saca 1000 dólares de su bolsillo, se los entrega a Lorenzo y dice, "¿Puedes darle esto al mánager? Me siento mal por haberlos mantenido despiertos hasta tan tarde".
Phil Ivey sabe lo que es trabajar.






































Akenhead esperaba convertirse en el segundo británico en ganar el campeonato mundial y el primero desde Mansour Matloubi (también de Londres), quien venció en 1990. Akenhead logró ensamblar un momento estupendo en la final, pero terminó quedando eliminado luego de cuatro horas. Con todo el respeto que merece, su eliminación era quizás la más esperada considerando cuán corto era su stack. Con su noveno lugar, Akenhead se convirtió en uno de los tres jugadores que ha alcanzado las mesas finales de los dos Main Events de la WSOP (Las Vegas y Londres) en un mismo año. Los otros dos son Ivan Demidov (2008) y Antoine Saout (2009). El premio de Akenhead fue de $1.263.602.
El séptimo finalista fue la súper estrella de 32 años, Phil Ivey, de Las Vegas, Nevada. Ivey nunca logró tener más de 16 millones de fichas ni pudo acercarse a los líderes en sus 12 horas de juego. Sin embargo, su final estuvo marcado por la mala suerte: jugado con A-K, recibió el call de Moon con A-Q y parecía tener todo resuelto para doblarse. Pero una Q en el flop marcó su salida en séptimo lugar. Su premio de 1.404.014 dólares lo llevó al segundo lugar en la lista de los jugadores más ganadores de todos los tiempos (en torneos en vivo), con ganancias estimadas de 12.236.714 de dólares. El líder actual es Daniel Negreanu, con estimados 12.427.947 dólares (fuente: PokerNews.com).
El sexto lugar quedó en manos de Steven Begleiter, el financista de 47 años oriundo de Chappaqua, NY. Luego de un raise pre-flop, Moon mandó todas sus fichas al centro y Begleiter automáticamente hizo el call con par de Reinas, quedando bastante delante de Moon con A-Q. Las cuatro primeras comunitarias no trajeron sorpresas, sin embargo, el As en el river sacudió a la multitud y despidió a Begs. Su premio fue de 1.587.160 dólares.
En quinto lugar quedó el editor de la revista CardPlayer, Jeff Shulman, de 34 años, quien era el único jugador que tenía la experiencia de haber jugado una mesa final en un Main Event de la WSOP (7º en 2000). Shulman traía además una de las historias más interesantes a la mesa. Su padre, Barry Shulman, ganó el Evento Principal de la WSOPE el mes pasado en Londres y esperaban hacer historia ganando los dos torneos más prestigiosos del mundo. Pero Shulman, quien rápidamente quedó como short stack, tuvo muchos problemas para sumar fichas y terminó sentenciado con un par de sietes cuando el A-9 de Antoine Saout se transformó en par de nueves. Por su labor, Shulman recibió un premio de 1.953.452 dólares.
El cuarto finalista fue Eric Buchman, un profesional del póker de 30 años oriundo de Valley Stream, NY. Buchman comenzó la mesa final segundo en fichas y llegó a tener el liderato durante buena parte del día. Pero finalmente fue eliminado por Moon, cuando su A-5 no pudo aguantar la K-J del leñador (Rey en el turn). El premio por el cuarto lugar fue de 2.502.890.
Tercero quedó Antoine Saout, el ex estudiante de ingeniera de 25 años, quien se convirtió en el francés de mejor resultado en la historia del Evento Principal. Y pudo haber quedado incluso más alto, si no fuera por una desafortunada carta que cambió su destino. Cuando quedaban tres jugadores, Saout fue jugado con par de Reinas contra el par de 2s de Cada, a quien tenía cubierto. Pero un milagroso dos le dio la mano a Cada. Si hubiera ganado esa mano, Saout hubiera alcanzado el heads-up con una ventaja de 3:1. Sin embargo, poco después, volvió a verse las caras con Cada y nuevamente volvió a fallar cuando su par de 8s no pudo aguantar el A-K de su rival, quien logró armar su par en el river. Por el tercer lugar, Saout cobró 3.479.670 dólares. Saout fue quien dio el salto más grande en la mesa final, habiendo empezado octavo en la cuenta de fichas y terminando tercero.
La eliminación de Saout despertó el griterío en el Teatro Penn and Teller. A pesar de que era increíblemente tarde (cerca de las 6:00), casi mil fanáticos y amigos seguían prendidos a la acción. Cada y Moon tenían más de 100 acompañantes y la definición trajo lágrimas y sonrisas de júbilo entre los presentes.


